miércoles, 2 de marzo de 2016

Éxtasis emocional.

Dale gas y acelera el pulso, no pares, pisa más, hasta que notes los latidos de tu corazón a 240 kilómetros por hora.
Redescubre la adrenalina que se esconde en tus entrañas y no te atrevas a frenarla. Desata la locura, que predominen tus sentimientos frente a la clásica y aburrida razón que te da los buenos días cada mañana desde que tienes memoria. Aunque sean sólo unas horas, conviértelas en un salvaje año sabático enfundado en dosis de éxtasis emocional. Juega contigo, deshazte de la odiosa rutina que te lleva al sitio de siempre por el mismo camino.
En cuestión de segundos sentirás lo que un ave al desplegar las alas por primera vez, al comprobar su habilidad de alzar el vuelo y no conformarse con permanecer al ras de esta superficie tan superficial. 

martes, 26 de enero de 2016

El título es lo de menos


Podría empezar este escrito de mil formas distintas, una lástima que no las conozca todavía. Apago la luz  -tenía que haber comprado esta tarde esas velas aromáticas de vainilla que dan un toque bohemio y sin embargo aquí estoy, iluminada por el brillo en modo economizador de la pantalla del ordenador– leo el principio, cada vez me gusta menos, pero ahí se va a quedar, como la mayoría de  cosas que tengo y custodio cual tesoro valioso sólo por haber pertenecido a alguna etapa de mi vida, si no explícame tú por qué sigo guardando esas cartas, algunas hechas pedazos en una caja de zapatos, caja de zapatos que decidí no tirar y almacenar en el armario con las otras ocho a las que algún día daré uso; no lo intentes porque no hay explicación posible a esto, ni teorías que puedan servirme. Sin embargo con las personas sucede todo lo contrario, muchas vienen, algunas se quedan lo que dura una mirada con un desconocido en el metro de Madrid, otras deciden que un café se nos quedaría corto, incluso las más valientes han llegado a convivir conmigo todo un verano, pero ya os aseguro que ninguna ha cometido la locura de pasar en mi habitación más de 48 horas seguidas.
Durante los momentos más inspiradores del día, aunque pueda considerarse un peligro para la humanidad, me da por indagar en lo más hondo de mis pensamientos, y llego a la conclusión de que la cantidad de personas que nos rodean son como las canciones, que nuestros amigos y familiares son nuestra banda sonora, sí,  sé que a todos os encantaría veros desde fuera escuchando la música que cada día os da la vida,  y no , no me estoy volviendo loca, por ahora.
He dicho antes que aquí no valen teorías, pero qué os voy a contar, soy una chica mala que se salta las reglas así que ahí va: el hombre es una canción para el hombre, «y como un lobo voy detrás de ti», (espero que Míster Bosé no lea esto y tenga sed de derechos de autor). Pues sí, esa  persona equivalente a la canción que escuchaste en aquella fiesta y que te encantó desde el primer segundo, pero que, al llegar a casa no sabías ni su nombre, y es que, el título a veces es lo de menos, como aquello de: « No juzgues a un libro por su portada» pues lo mismo con las canciones, porque de repente tu artista favorito, pongamos como ejemplo a mi Santa Zahara, saca un nuevo disco, totalmente contrario a lo que te esperabas, comienzas a ver las canciones y piensas, «pero chiquilla ¿qué ha pasado con nuestro chico fabuloso?» y más adelante sin darte cuenta estás en uno de sus conciertos gritando con tu mejor amiga y lágrimas en los ojos que Yola mola mil.
Con las personas ocurre exactamente lo mismo, tú me ves, me juzgas, yo te veo, te juzgo, si me gustas te añado a mi lista de reproducción mental de spotifyamiguis y si no puerta, aunque ¿cuántas veces habéis detestado a una persona en un primer momento y al final ha acabado siendo imprescindible en tus momentos más alocados?, por no mencionar esas que no te puedes quitar de la mente, que no te dejan ni pensar, casi ni respirar, que revolotean por tu cabeza, y ya no sabes si hablo del estribillo de tu canción favorita o de esa persona especial. Que yo lo acepto, que empezamos con un nombre, y seguimos con sentimientos, emociones, risas, llanto; acabamos desmenuzando a la canción o persona internamente, cada vez que la escuchas descubres algo nuevo de ella, sus ritmos, esa melodía acompañada por un escalofrío quizás musical.

Y es que a veces, y digo a veces porque no me gusta predicar sin el ejemplo, es importante hacer buen uso de las oportunidades que podemos dar o reservarnos, de seguir nuestro ritmo, de acompasarnos, de dejarnos llevar sin pensar demasiado.

sábado, 28 de marzo de 2015

Por todos mis compañeros, y por mi primero.

Suena de nuevo la misma canción en mi  cabeza peleona que no quiere dejar de pensar en ella, un estribillo pegadizo  me remueve la fibra nerviosa, la sensible hace ya tiempo que afloró. Los pies fríos metidos en los calcetines más cursis que te puedas imaginar, otra vez la inevitable voz y el punteo de la guitarra retumba casi en mis odios que solo escuchan el teclado. El teclado del ordenador que está escribiendo la siguiente historia, historia o ensayo, o reflexión, quizá mejor exflexión, digo expresión; lo sabíamos los dos, me moría de ganas por volver a escribir y escribía más que viva que volvería a ganar. ¿A ganar el qué? El tiempo perdido, perdido o fugado, o desperdiciado; cuando caí en la cuenta de que el tiempo me acompaña, como la suerte en Navidad, ah no, espera, dejémoslo en que me acompaña sin símiles ni comparaciones, y es que comparar es lo peor, ¿verdad que sí? 

No te compares nunca con el de al lado me dicen, y yo haciendo alarde de mi buena educación y obediencia me comparo con todos menos con él. Y a todo esto, menos es más, y ¿más? ¿es menos? más o menos es lo mismo,  yo que sé, y ¿tú? ¿Tú qué sabes? Yo solo sé que se me había quitado la canción de la mente hasta que he releído el primer párrafo y ahora escribo con rapidez para no escucharla más, porque no, no quiero, escucho el teclado, la armónica, el “Pianoman” de Billy Joel, que me ha vencido, derretido lentamente como un hielo veraniego igual que las otras 479 veces que yo he escuchado, o esa voz me ha cantado al oído. Hoy no escribo para manifestar nada en particular, escribo por placer, para jugar con las palabras como niños de infantil en un parque de bolas, por gusto, escribo para salvarme,  por mí, por ti, y por todos mis compañeros ¿No es magnífico hacer las cosas porque tú quieres? 


lunes, 13 de octubre de 2014

Cuando la ignorancia es felicidad, es una locura ser sabio.

Para intentar descubrir quién y cómo soy nunca había recurrido a realizar un ensayo sobre mi identidad, ni sobre los rasgos que la conforman, aun menos se me habría ocurrido elegir sólo uno de ellos y rellenar con él tres hojas que acabarían siendo juzgadas y analizadas por el que esté leyendo este maravilloso caos, que debe tener en cuenta que a pesar de estar sincerándome y descubriéndole una faceta de mí, no estoy siendo completamente yo, benditas paradojas, en el intento de buscar palabras correctas, frases impactantes, anécdotas recurrentes, trato de  impresionarle, intentando que el mundo o en este caso usted me devuelva la pelota que les lanzo, una vez explicado esto, abandono las sendas de la divagación. Parafraseando a Fray Luis de León, religioso, humanista y profesor agustino del siglo XVI que tras haber estado en la cárcel cinco años por traducir algunos libros que no estaban bien vistos, sólo espero que cuando me gane la vida de traductora esto ya no ocurra, al volver a su cátedra después de los 5 años de ausencia, comenzó su clase con la frase: “Como decíamos ayer…”.Pues bien, como decíamos ayer o más bien antes, en mis intentos de autoconocimiento tenía asumido que si yo dudaba sobre mi personalidad estarían a mi disposición las revistas de adolescentes, y no tan adolescentes, con sus entretenidos y precisos tests anunciados en sus portadas en mayúsculas letras como: “¿TIENES LAS IDEAS CLARAS?” o “¿QUIÉN ES TU MEDIA NARANJA?” para decirme quién es la persona con la que lidio las veinticuatro horas del día los 365 días del año. Sin embargo, por lo menos una vez en tu vida se presenta una ocasión en qué si tú no te preguntas quién o qué eres alguien lo hará, ya puede ser tu profesor de filosofía o tu nuevo compañero de clase, ese día mientras vuelves a tu casa con un conjunto de palabras sin nexos ni conexión alguna comenzarás a preguntarte… ¿Qué me hace ser lo que soy, cuál es mi identidad? De nuevo esa machacante lista de definiciones, como si estuvieses rellenando un formulario para encontrar pareja en Edarling.com, te hace reparar en que no te conoces.
 No es de extrañar que un científico sepa más sobre tecnología o un lingüista sobre actos de habla que acerca de ellos mismos en pleno siglo XXI, en el cual creemos tener un dominio absoluto sobre lo que nos rodea, como buenos humanos hemos abandonado la línea recta de la naturaleza y en vez de adaptarnos a ella como el resto de animales para sobrevivir la hemos ajustado a nosotros, ¿Cómo van a ser el hombre o la mujer capaces de transformarse cuando ni si quiera se conocen? Recalco aquello de “ no es de extrañar que[…]en pleno siglo XXI”, ya que si volvemos la vista atrás y nos situamos en la antigua Grecia descubriremos que uno de los principios fundamentales de la moral era conocerse a uno mismo y así quedó inscrito en el templo del oráculo de Delfos. Avanzando en la historia advertimos que la importancia de ser autoconsciente queda anclada en el olvido, pues en la actualidad cuando toda la esfera se rige por modas, se nos exige gozar de personalidad, pero… ¿Cuántos de nosotros podemos decir que sabemos quiénes somos?, ¿Existe alguien que lo sepa? Quizás haya un grupo exclusivo de sabios del que me excluyo que sepan con toda certeza lo que son, por lo tanto y no con esto me quiero parecer al filósofo racionalista René Descartes, el rasgo que hace de mí ser lo que soy es la ignorancia en cuanto a mí misma. El necesitar una cantidad cuantiosa de tiempo para averiguar de qué estoy compuesta interiormente, lo que muchos dirían la esencia del alma, me produce una ansiedad pavorosa de crítica por una parte hacia la moral del Siglo XXI, que desde mi, ya no sabría si catalogarlo de humilde o soberbio, punto de vista está arraigada en una sociedad que en vez de personas se limita a crear máquinas condicionadas, atadas a prejuicios cuyo único quehacer es respetar unas normas preestablecidas; sociedades que enseñan a cumplir la norma pero no a cuestionarla, sociedades que adoctrinan, sociedades desmontables. ¿Es posible hablar de alienación? Posible es escuchar en los medios: “Eso de la sensibilidad y la identidad está muy bien, pero de que es una catástrofe económica no hay duda”
Por otra  parte  hago autocrítica y busco el porqué de la ignorancia en mí, que no debería entenderse con un matiz peyorativo. Podría asociar el no conocerme a conciencia con el modo de vida de prisas, impaciencia y presura que arrastro; por haber abandonado los esquemas y guiones, abriendo camino a un mundo de interpretación, e improvisaciones diarias; otro problema que puede estar causando un desconocimiento interno es mi rechazo a las llamadas etiquetas, éstas tienen una definición y encasillamiento para todos los comportamientos, relaciones, estados de ánimo o estilos habidos y por haber; afortunadamente yo sólo soy alérgica a dos cosas en este mundo: al pelo de los animales y a las etiquetas, y por si acaso se preguntan qué preferiría entre éstas les advierto, que participaría en el reality “Granjero busca esposa” teniendo en cuenta además que soy de esa minoría española que no goza de pueblo, antes que parecer una prenda de vestimenta recién comprada. Tanta animadversión siento por éstas que cada vez que voy de compras lo primero que hago es cortarlas, deshacerme de ellas, después de pagar, claro; es una práctica adquirida, entrenada, ejercitada; a diferencia de ustedes que la ropa les puede dar de sí, la mía da de no y cada tres meses vestuario nuevo, y etiquetas nuevas, y tijeras nuevas…, no, las tijeras son las de siempre, ¿Y yo, sigo siendo la de siempre? Elegí el rasgo de la ignorancia como parte de mi esencia porque igual que el conocimiento, me va a acompañar toda la vida, dado que siempre habrá información que no alcance. Sin embargo no se trata de una ignorancia resignada, sino de una ignorancia de la que soy consciente, que me estimula para descubrir todo aquello que nos envuelve. Es un rasgo que cada vez que pierdo aunque en pequeñas dosis sea, me hace ser otra, plantear nuevos enfoques, entender distintos puntos de vista, cuestionarme más y más el mundo, aquella esencia sin la cual dejo de ser la que era. ¿Podría decirse entonces que mi identidad es la ignorancia? Podría decirse, pero podríamos decir tanto y tendríamos tan poco claro...
Tengo que confesarlo, se me ha hecho muy difícil reflexionar acerca de mí y no haber nombrado antes a mis apreciados “Beatles”, por lo que haciéndoles un pequeño homenaje reproduzco en este escrito una frase con la que me identifico en exceso: “Living is easy with eyes close, misunderstanding all you see”, porque tiene razón, la vida es menos dura si cierras los ojos y dejas que todo fluya sin saber qué está ocurriendo, si en vez de poner los telediarios matutinos lees un libro, o riegas tus plantas  te ahorras el sufrimiento de conocer las atrocidades a las que están expuestas millones de  personas, y señores, señoras, he aquí, en la ignorancia el camino a una felicidad relativa, y digo relativa porque no todo el mundo opinará igual ni pensará que sabiendo poco puedes ser dichoso, pero en este punto y a aquellos que no compartan mi parecer, les planteo que si el conocimiento es lo que nos aporta la felicidad ¿El que no dispone de conocimiento, no conoce la felicidad? El que menos preocupaciones tiene y mejor duerme por las noches es el que ignora, el que desconoce a propósito o al azar. Porque la ignorancia, por mucho que nos pese nos otorga la felicidad, y si empleas la vida buscando el significado de felicidad, nunca conseguirás alcanzarla.
Siento que el final se aproxima. Rápido que me traigan el postre, mi café y un licor, que estos tres manjares, y no sólo la ignorancia, hacen de la vida algo menos arduo.


            

Alba Pérez González 

martes, 15 de abril de 2014

Amaneceres dionisíacos.

Ardiente olor a canela,
y en tus besos un suspiro
hondo y frágil como la luna,
que de hielo cubre su encanto.

Bailaré en las nubes descalza y desnuda
del pudor que nos envuelve, sin creer en
un mañana, disfrutando los placeres.
Y yo prometo espantar hasta el menor de tus problemas,
 tus miedos convertiré en canciones, que bailaremos desnudos de pudores.

lunes, 3 de marzo de 2014

Tú eres tu propia novedad.

Imagina como caen las hojas,el vaivén del viento las está guiando,  escucha el sonido de su ruptura y desligamiento con el árbol, identifícate con ellas, descúbrete, arranca todos tus prejuicios y cuestiona tu vulnerabilidad. Prueba a quitarte el antifaz de los ojos, a caminar de espaldas para evitar el fuerte vendaval mientrar pisas firmemente el duro suelo¿ Acaso sabes realmente quién eres?

miércoles, 24 de abril de 2013

Pasé de quererle a él a pasar de él y quererme a mí.


Que raro se me hace pensar en un nosotros como algo que no va junto, tú y yo inseparables o eso decías. Pasó tan rápido. Nunca he pensado que estaría contigo toda mi vida, honestamente  al estar contigo ni pensaba, dejaba que el tiempo volase entre nosotros, que crease esa atmósfera envolvente. Y así era, día tras día caricias, y besos, y sonrisas. Tu sonrisa. Paralizaba todo mi ser excepto el sistema nervioso, yo seguía sintiendo las mariposas acercarse con solo uno de tus roces. Pero dime,¿ de que me sirve recordar esto? Lo único que consigo son escalofríos y dolores de cabeza. No sé, supongo que la cosa cambió, que cambié, me cambiaste. A veces me pregunto por qué no me quedé enredada a ti en alguno de tus abrazos, aún seguiría sintiendo tu respiración agitada. Pero justo entonces recuerdo que la vida no es que siga, la vida empieza para mí, para conocer y errar, reír y soñar y ¿por qué no? Ir de boca en boca hasta encontrar aquella que no solo quiera besarme sino que me dedique sus mejores palabras, aquellas verdaderas. No con esto olvidar tu amor es mi objetivo, todo lo contrario, quiero conservarlo en un rincón de mi memoria para que sea yo la que vaya a visitarlo cuando quiera y no tú que inundes mis sentidos a tu gusto. He aprendido a quererme, ¿qué por qué? Si no lo hago yo, no lo hace nadie. Demasiado típico. Me quiero y punto, soy yo la que me aguanta día y noche, y prefiero llevarme bien conmigo misma, dejar atrás los llantos por caprichos inalcanzables, dar paso a la alegría de disfrutar en mi compañía un poco más.